El cáncer y el sistema inmunitario

diciembre 20, 2007 at 12:10 pm 1 comentario

 

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El sistema inmunitario ataca y elimina no solamente las bacterias y otras sustancias extrañas, sino también las células del cáncer. Una célula cancerosa no es una célula extraña; es una célula cuya función biológica ha sido alterada de tal forma que no responde a los mecanismos normales del cuerpo que controlan el crecimiento y la reproducción de la misma. Las células anormales pueden continuar creciendo, transformándose en cáncer.

En el sistema inmunitario, una buena parte de la defensa del organismo contra el cáncer es llevada a cabo directamente por las células, más que por los anticuerpos que circulan en la sangre. Por ejemplo, la presencia de antígenos tumorales sobre las células cancerosas puede activar ciertos glóbulos blancos (linfocitos y, en un grado mucho menor, monocitos), los cuales realizan una vigilancia inmunológica buscando las células cancerosas y destruyéndolas.

El papel fundamental del sistema inmunitario de controlar el desarrollo de una célula cancerosa, es ejemplificado por una sorprendente estadística: el cáncer tiene 100 veces más posibilidades de aparecer en las personas que toman fármacos que inhiben el sistema inmunitario (por ejemplo, a causa del trasplante de un órgano o de una enfermedad reumática) que en las que tienen un sistema inmunitario normal. Además, algunas veces un órgano trasplantado tiene un cáncer que no fue diagnosticado antes del trasplante. Este cáncer podía haber ido creciendo muy lentamente o no haber crecido en absoluto en el órgano del donante. Sin embargo, comienza a crecer y a extenderse rápidamente en el paciente trasplantado, cuyo sistema inmunitario está anulado por los fármacos suministrados para proteger el trasplante. En general, cuando los fármacos que disminuyen la respuesta inmunológica se suspenden, el órgano trasplantado es rechazado y el cáncer trasplantado es igualmente destruido.

Antígenos tumorales

Un antígeno es una sustancia extraña reconocida y marcada por el sistema inmunitario del cuerpo para ser destruida. Los antígenos se encuentran sobre la superficie de todas las células, pero normalmente el sistema inmunitario de un individuo no reacciona contra las células propias. Cuando una célula se convierte en cancerosa, nuevos antígenos (no familiares para el sistema inmunitario) aparecen sobre la superficie de esta célula y el sistema inmunitario puede considerar estos nuevos antígenos, llamados antígenos tumorales, como extraños y es capaz de frenar o destruir estas células cancerosas. Sin embargo, aun funcionando plenamente, el sistema inmunitario no siempre logra destruir todas las células cancerosas.

Los antígenos tumorales se han identificado en varios tipos de cáncer, como el melanoma maligno, el cáncer de hueso (osteosarcoma) y algunos tipos de cánceres gastrointestinales. Las personas con estos cánceres pueden desarrollar anticuerpos contra estos antígenos tumorales, pero generalmente los antígenos no producen una respuesta inmunológica adecuada para controlar el cáncer. Además, los anticuerpos pueden ser incapaces de destruir el cáncer y algunas veces parece que incluso estimulan su crecimiento.

Sin embargo, es posible sacar provecho de ciertos antígenos tumorales. Los antígenos liberados en la sangre por algunos cánceres pueden ser detectados mediante análisis de sangre. En ocasiones estos antígenos se denominan marcadores tumorales. El posible uso de estos marcadores tumorales como método de detección de cáncer en la gente que no presenta síntomas ha adquirido gran interés. Sin embargo, debido a que los análisis son costosos y no muy determinantes, su uso en investigaciones sistemáticas es generalmente poco aconsejable para la mayoría de los casos. En cambio, son mucho más valiosos tanto en el diagnóstico como en el tratamiento del cáncer. Por ejemplo, los análisis de sangre pueden ayudar a determinar si el tratamiento de un cáncer es efectivo. Si el marcador tumoral desaparece de la sangre, la terapia probablemente ha sido eficaz. Si el marcador desaparece y más tarde reaparece, el cáncer posiblemente ha reaparecido.

El antígeno carcinoembrionario (ACE) es un antígeno tumoral que se encuentra en la sangre de las personas con cáncer de colon, mama, páncreas, vejiga, ovario y cuello del útero. Altas cantidades de este antígeno puede también detectarse en los grandes fumadores y en quienes padecen cirrosis hepática o colitis ulcerosa. Por lo tanto, la presencia de una gran cantidad de antígenos carcinoembrionarios significa la existencia de cáncer. La medición de los valores del antígeno carcinoembrionario en las personas que han sido tratadas por cáncer, ayuda a detectar una recidiva del mismo.

La alfa-fetoproteína (AFP), que es normalmente producida por las células del hígado en el feto, se encuentra en la sangre de las personas con cáncer de hígado (hepatoma) y a menudo en gente con ciertos cánceres de ovario o de testículo y en niños o adultos jóvenes con tumores de la glándula pineal.

La gonadotropina coriónica humana beta (b-HCG), una hormona producida durante el embarazo, que sirve como base para los análisis del mismo, también aparece en mujeres que tienen un cáncer originado en la placenta y en varones con varios tipos de cáncer testicular. Esta hormona constituye un marcador tumoral muy útil en el control del tratamiento para estos cánceres, ya que ha ayudado a mejorar el porcentaje de cura en más de un 95 por ciento de los casos.

Los valores de antígeno-específico prostático (AEP) son elevados en los hombres con crecimientos no cancerosos (benignos) de la próstata y considerablemente en aquellos que tienen cáncer de próstata. El valor a partir del cual debe considerarse significativo es todavía incierto, pero los individuos con una cantidad elevada de este antígeno deberían ser sometidos a otros exámenes para buscar un cáncer de próstata. Con la determinación de la cantidad del antígeno específico prostático en la sangre después del tratamiento del cáncer, se puede saber si éste ha reaparecido.

El CA-125 es otro antígeno. Sus valores en la sangre aumentan de manera sensible en las mujeres con distintas enfermedades de los ovarios, incluyendo el cáncer y, como el cáncer de ovario es difícil de diagnosticar, algunos expertos aconsejan determinar el CA-125 en las mujeres mayores de 40 años. Sin embargo, su falta de sensibilidad y de especificidad indica que aún no es una prueba de detección preventiva.

Otros antígenos se encuentran en cantidades elevadas, como es el caso del CA 15-3 que aparece en el cáncer de mama, del CA 19-5 en el cáncer pancreático, la b2 microglobulina en el mieloma múltiple y el lactato deshidrogenasa en el cáncer testicular, pero ninguno de ellos puede ser recomendado como prueba de detección precoz de cáncer. Sin embargo, son útiles para controlar la respuesta al tratamiento de un cáncer ya diagnosticado.

Inmunoterapia

Los investigadores han desarrollado modificadores de la respuesta biológica para incrementar la capacidad del sistema inmunitario de encontrar y destruir el cáncer. Estas sustancias son empleadas para las siguientes funciones:

– Para estimular la respuesta antitumoral del cuerpo aumentando el número de células asesinas de los tumores o produciendo uno o más mensajeros químicos (mediadores).

– Para actuar directamente como agentes destructores de los tumores o como mensajeros químicos.

– Para frenar los mecanismos normales del cuerpo que disminuyen la respuesta inmune.

– Para alterar las células tumorales, aumentando así su probabilidad de desencadenar una respuesta inmune, o haciéndolas más susceptibles de ser dañadas por el sistema inmunitario.

– Para aumentar la tolerancia del organismo a la radioterapia o a las sustancias químicas utilizadas en la quimioterapia.

Uno de los modificadores de las respuestas biológicas mejor conocidos y más ampliamente utilizados, es el interferón. Casi todas las células humanas producen el interferón de forma natural, pero también se puede fabricar con técnicas biológicas de recombinación molecular. Aunque sus mecanismos de acción no son totalmente claros, el interferón es importante en el tratamiento de varios cánceres. Excelentes respuestas (incluyendo algunas remisiones completas) se han obtenido en alrededor del 30 por ciento de los pacientes con sarcoma de Kaposi, en el 20 por ciento de los jóvenes con leucemia mieloide crónica y en el 15 por ciento de las personas con carcinoma de las células renales. Además, el interferón prolonga el período libre de la enfermedad en los individuos con mieloma múltiple y algunos tipos de linfoma que están en remisión.

En la terapia con células asesinas, se extraen algunos de los propios linfocitos (un tipo de células blancas de la sangre) de un paciente con cáncer. En el laboratorio, los linfocitos se exponen a una sustancia llamada interleucina-2 (un factor de crecimiento del linfocito-T) para crear células asesinas activadas por la linfoquina, las cuales son inyectadas nuevamente en la persona por vía intravenosa. Estas células tienen mayor capacidad que las células naturales del cuerpo para detectar y destruir las células cancerosas. Aunque cerca del 25 al 50 por ciento de la gente que tiene melanoma maligno o cáncer de riñón respondió bien a la terapia de células asesinas activadas con linfoquina, esta forma de terapia está aún en fase experimental.

La terapia humoral (anticuerpos) promueve al organismo a producir anticuerpos. Sustancias como los extractos de bacterias de la tuberculosis debilitadas (atenuadas), que se sabe aumentan la respuesta inmune, han sido probadas en algunos cánceres. Inyectando las bacterias de la tuberculosis directamente en un melanoma casi siempre se produce un retroceso del cáncer. En algunas ocasiones, este efecto se observa también en los tumores que se han extendido hacia otras partes del cuerpo (metástasis). Algunos médicos han usado también con éxito las bacterias de la tuberculosis para controlar el cáncer de vejiga que no ha invadido aún la pared de la misma.

Existe otra propuesta experimental que consiste en unir los anticuerpos específicos contra el tumor con los fármacos anticancerosos. De este modo, los anticuerpos, sintetizados en el laboratorio e inyectados a una persona, guían a los fármacos hasta las células cancerosas.

Por otra parte, otros anticuerpos creados en el laboratorio pueden adherirse a la vez a las células cancerosas y a los linfocitos asesinos, lo que lleva a la destrucción de la célula cancerosa. Hasta ahora, tal investigación no ha podido aplicarse de forma amplia en ningún esquema de tratamiento de los cánceres.

Investigaciones recientes abren esperanzas para el desarrollo de nuevos tratamientos. Algunos de ellos usan partes de oncogenes, que son importantes en la regulación y en el crecimiento celular.

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